Nada más llegar a Sumba se iluminó el piloto de la falta de efectivo en metálico, tenía todavía para varios días pero había que reponer pasta en un cajero urgentemente. Desgraciadamente, a pesar de haber tres cajeros en Waikabubak, ninguno de ellos aceptaba visa y lo peor es que nada parecía presagiar que en Waingapu, mi próximo destino, la ciudad más importante de la isla y puerto por le que quería ir a Flores, hubiera posibilidad de sacar dinero. Afortunadamente tenía algo de reserva, pero hubo que empezar a recortar lujos, empezando por cambiarme de habitación, de una de cinco euros a una de tres, con el consiguiente bajón en confort pero sobre todo higiene, pues en el antro al que me mude no tenía ventilación, luz, apenas espacio y el baño dejaba mucho que desear.
Tampoco había acceso a internet en la ciudad, al igual que en Waingapu. Así pues, a pesar de tener algo todavía en la reserva no podía arriesgarme a agotar el dinero y luego que en Waingapu me quedara completamente colgado. Así pues hubo que poner en marcha un plan de emergencia y contar con ayuda exterior procedente de Arenas de San Pedro. A pesar de algunos problemas con la clave del envío, finalmente recibí el dinerillo que me habría de sacar de la isla,, pero hube de sacrificar un paseo en moto por la misma a mi libre albedrío a la espera de solucionar por fin.
Así que el martes por la mañana me pude dirigir por fin a Lamboya, creo que en el norte de la isla, porque el sentido de la orientación en el hemisferio sur se ve afectado por el cambio de perspectiva del astro rey. Así pues, por estos lares, el sol sale igualmente por el este, más bien, también llamamos este al lugar por el que sale el sol, lo que pasa que evoluciona por el norte de manera rapidísima, de modo que a las diez de la mañana está tan alto como en las Españas puede estar en Julio a la una del medio día. Esto confunde pues instintivamente tendemos a identificar con el sur el lugar de donde procede la luz, y aquí es a la inversa. Por cierto que las peores horas de calor son precisamente entre las diez y las doce, cuando el sol no ha alcanzado su punto más alto y te pega en la cara. Luego, al situarse en la vertical golpea con menos fuerza si llevas protegida la cabeza, cosa que suelo hacer, y aunque se cuela por el cuello de la camiseta hasta la cintura no golpea tanto como a otras horas.
El caso es que cuando llegué a Lamboya, en moto, tras pasar por un paisaje de colinas verdes, campos de pady (arroz) y kampungs situados en lugares inversosímiles, me encontré con que la ceremonia del Pasola ya estaba en marcha. Me contaron que la noche anterior se habían reunido en la playa esperando la luna y habían practicado pasola en la arena. Es una pena porque me hubiera gustado comprobar el ambiente festivo, con música tradicional, chiringuitos que no estoy seguro que hubiera. En la pradera en la que me encontraba, había como única instalación tres o cuatro chiringuitos de comida y refrescos, nada de alcohol a pesar de no ser musulmanes. Y que es el pasola, os preguntareis, pues nada más y nada menos que una batalla entre jinetes de dos pueblos vecinos y rivales que se enfrentan lanzándose venablos sin punta pero con malas intenciones y escasa puntería, todo hay que decirlo
Resulta que entre las dos primeras lunas del año, como los carnavales fíjate, en los que el ritual trata de equilibrar las esferas superiores de los cielos y las inferiores de las aguas con la sangre de los combatientes.
Lo que sorprende cuando llegas es la tremenda agresividad de los jinetes, unos cien por cada bando, pues galopan hacia la linea enemiga apuntando con su lanza y retirándose de la forma más honrosa posible cuando quedan expuestos al contraataque rival. Hay que decir además que no tienen la menor preocupación por el numeroso público que se reúne en torno al campo de batalla, por lo que en su galopar a veces se desvían fuera del campo, y los venablos acuden prestos detrás. Yo por supuesto me situé en primera fila, con los muchachucos más atrevidos, justo en la mitad del fuego cruzado. Cuando alguno especialmente se venía hacia nosotros los muchachucos erróneamente salían huyendo despaboridos, exponiéndose a ser arrollados por los caballos y a llevarse algún lanzazo al no mirar por donde venían los disparos. Así que yo me quedaba, pues sé tratar con caballos desbocados y prefería tener a la vista en todo momento las lanzas que llovían a mi alrededor. Gracias a ello pude ver cómo la batalla se estableció también entre la gente del público, que empezó a lanzarse piedras, de las gordas, no creáis que eran chicas, y tocó salir por patas esta vez, aunque sin dejar de mirar atrás para no recibir una pedrada en el cabezo. Idéntico final que aquellas reuniones para jugar a la pelota amistosamente en las que se enfrentaba las muchachadas de Villanueva y Valverde…
Con la batalla de piedras se puso fin al pasola, aunque no tengo claro quien ganó, o si realmente ganó alguien, pues el caso es que los que estaban a mi derecha habían avanzado bastante y habían hecho retroceder a los de mi izquierda, pero el ataque era en cuña y por los bordes, del extremo opuesto y el mío, habían sido reconquistados por los del otro pueblo. Probablemente el juego no tenga ganadores claros y lo importante sean las exhibiciones de valor necesarias para que el equilibrio vuelva a reestablecerse. Después me estuve bañando en la playa cercana y volví a Waikabubak con un motorista que me iba a llevar a un kampung y no lo hizo y que me invitó a cenar en su casa y no se presentó a recogerme.
Al día siguiente, tras cancelar un intento de tipo de una bemo con dos avispados que me querían comprar cuarenta pavos por ir hata Waigapu, pillé un autobús y me encaminé hacia esta ciudad, en el este de la isla. Y aquí sería donde acabara mi camino hacia el este, que hasta entonces tenía programado hasta Flores y posiblemente Timor. Sin embargo el servicio entre Ende, en Flores y Waingapu se había suspendido y el próximo barco Pelni en salir también se había cancelado, por lo que no tenía salida por barco desde el principal puerto de Sumba. Me acordé que en Australia había visto en el singular periódico gratuito MX que se había hundido un barco más o menos por estas islas, por lo que deduje que había sido este. Pensé en la angustia que habría pasado la gente pues la gran mayoría no sabe nadar.
Sin embargo mi mayor angustia en los dos días que pasé en Waingapu no venía de tener que decir si volver a Waikelo, el puerto occidental para pillar otro barco que me llevara a Sumbawa para ir desde allí a Flores o si volar hacia Kupang, en Timor o Dempasar, en Bali. Mi mayor angustia vino de que en el viaje me pude percatar de un hecho extraño, me picaba los mosquitos a horas del día en los que no funcionan, y en partes del cuerpo cubiertas por ropa. Así que al llegar me examiné bien las extremidades y pude reconocer que unas pequeñas ronchas que había localizado en Lombok salían caminillos y se había extendido por el muslo izquierdo, la mano derecha, el antebrazo izquierdo y los dos piés. Pude observar estupefacto que se trataba del mismo ácaro que me había atacado hace siete años y que al tratar infructuosamente como alergia tardé en poner remedio, convirtiendo mi vida en un infierno y contagiando a la vez. Si, se trataba de sarna, enfermedad molesta donde las haya, pues los picores no dejan dormir y pone la mente en un estado de paranoia constante que rápidamente hizo presa en mí. Afortunadamente había descubierto la infección, al ver por primera vez esos perros sarnosos en Sri Lanka me di cuenta del peligro que corría, y podía ponerla remedio. Acudí a un médico, que hablaba inglés pero no sabía lo que era la mange, nombre inglés de esta enfermedad. Se empeñó en mandarme pastillas contra los picores a pesar de que yo insistía en que me recetara un insecticida cutáneo pues en la farmacia no me querían atender sin receta. Así que me compré un diccionario de indonesio inglés y le enseñé lo que era. No se lo creía el tío, decía que eso era una enfermedad de perros, no de personas, pues parece que aquí la gente se inmuniza en la infancia contra esto. Le dije que la gripe aviar era también una enfermedad de animales pero no logré que me recetara nada. Así que volví a la farmacia y con el diccionario les expliqué mi problema, enseñándoles la pierna, donde había señalado con un boli todas las ronchas (me pica el cuerpo de recordarlo). Me quisieron dar corticoides y fungicida, pero al final al ver logré que me dieran un insecticida, una loción antipiojos de la que me llevé dos botes esa tarde y dos más al día siguiente al comprobar la efectividad.
En el hotel, tras ducharme con el cazo de la pila de agua que tienen por baño, me froté bien todo el cuerpo del cuello para abajo, especialmente en algunos sitios donde había localizado que el bicho había puesto sus huevos. Esa noche, como había sospechado, no dormí nada bien, pero al menos, en vez de arrascarme me untaba de la loción en la zona afectada. A lo largo del día siguiente, me iba dando regularmente con el segundo bote en los sitios donde me seguía picando a la vez que fui pasando por agua hervida toda mi ropa, toallas, zapatillas y sábanas. Por la noche me tomé las pastillas del doctor, pues recordé que las cicatrices, a pesar de haberse muerto el bicho, seguían picando unos días y al día siguiente estaba todavía en cuarentena pero ya sin picores. Por la mañana cogí un avión para Bali y por la tarde otro para Makassar en Célebes y me dispuse a pasar los carnavales en otra de las zonas antropológicamente más interesantes de Indonesia, Tanah Toraja.

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